12/01/2018

[Relatos de una] Ciudad Trizada

Ignacio Agüero

reseñas

Resumen

«Relatos de una ciudad trizada: Santiago de Chile»
Francisca Márquez
Ocho Libros
Santiago, Chile
255 pp.

Francisca Márquez ciudad trizada

Parto improvisando con dos citas. Una es la cita con que empieza el libro Microcosmos de Claudio Magris, acerca de la ciudad de Trieste, que traje aquí por casualidad y que leía recién en el café. Dice en 1791 Amedeo Grossi, Arquitecto medidor y estimador: «Si bien el Mundo entero nos es hoy ya conocido, por ser muchos los libros que en general la descripción de él nos ponen ante la vista, en tratándose no obstante de una sola Provincia difícilmente ha de encontrarse descrita como es menester…». La otra es la última cita que aparece en el libro de Francisca Márquez que presentamos ahora. Es de Martín Cinzano y dice: «No hay una totalidad ni una sola voz; no hay, tampoco, una sola ciudad, ni mucho menos un saber historiográfico o antropológico sobre esta. Todas las ciudades albergan infinidad de ciudades más. Y en todas ellas, al cruzarla, al conocerlas, más vale hacerse el desconocido».

Las cito por hermosas y pertinentes. Aún así, [Relatos de una] ciudad trizada, Santiago de Chile, de Francisca Márquez, es un libro de gran rigor sociológico, antropológico y etnográfico. Creo yo. Pero ¿quién soy yo para decir una cosa así, del trabajo de una cientista social? ¿Por qué Francisca me ha pedido que presente su libro? Hemos coincidido alguna vez en esas proyecciones de un documental aburrido en alguna sala del centro, en que no hay más de cuatro personas, por lo que creo que habrá visto alguna de mis películas, en las que como ella, miro la ciudad, y observo los movimientos de las personas, que viajan de una ciudad a otra, dentro del mismo Santiago. Los obreros de la construcción en Aquí se construye, que viajan de su ciudad a la otra que construyen, uniendo con sus cuerpos dos mundos, dos culturas que sólo en ese instante se topan. O los viajes que hago a las casas de quienes han tocado el timbre de mi puerta, en la película El otro día, estableciendo una relación entre desconocidos de la ciudad, que se visitan mutuamente. A la luz de la lectura de Relatos de una ciudad trizada, comprendo que se trata de imágenes que hacen ciudad al ir en el sentido contrario al que las ciudades nos obliga, que es la negación del otro.

Fotograma de «Aquí se Construye (o ya no existe el lugar donde nací)».

Fotograma de «Aquí se Construye (o ya no existe el lugar donde nací)».

También está el viaje de los niños del taller de cine de Alicia Vega que cruzan toda la ciudad para ir al centro por primera vez, y la imagen de esas madres que despiden, agitando sus brazos, a sus hijos que parten en bus, como si se tratara de un viaje muy largo. Los obreros hacen ciudad no sólo porque la construyen físicamente con sus manos, sino principalmente porque la cruzan para relacionarse con otros mundos de ella. Como Alicia Vega llevando a los niños a un cine en el centro. Y lo que rotundamente hace Francisca con este libro es HACER CIUDAD, contraviniendo la inercia brutal de la fragmentación, la separación, la negación de los otros.

Pero por muy sociológico, antropológico y etnográfico que sea su libro, éste proviene de una emoción originada en una experiencia de infancia. La niña de doce años viendo pasar los aviones y escucha luego las bombas cayendo sobre La Moneda, hecho que deriva en experiencias que para Francisca serán marcadoras en su interés por la ciudad. Así también las películas que nombré no provienen sino de imágenes de infancia, imágenes muy concretas de mi barrio de calle Bernarda Morín, donde ocurren los primeros encuentros con los otros. Un barrio de casas de latifundistas (que no era mi caso), de una día para otro es cohabitado por los estudiantes de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad de Chile, produciendo un cortocircuito en las relaciones vecinales. A muy cerca distancia vi pasar las primeras marchas por calle Providencia, la marcha de la Patria Joven, en un período de la historia de Chile también muy marcador para los trazos de esta ciudad, según se documenta en este libro de Francisca.

Desde la imagen de los aviones Hawker Hunter, el golpe militar cruza todas las páginas de este libro, como el momento que inicia el retroceso de una ciudad hacia el gueto, y luego hacia el gueto del gueto. La ciudad marca las infancias y determina muchas veces el futuro de las personas. El libro, que proviene de una experiencia de infancia particular, nos hace preguntarnos por las infancias de hoy.

Una ciudad es un universo y como tal, inabarcable. Toda ciudad es inabarcable. Francisca Márquez lo intenta, generando un modelo para abarcar Santiago, trazando líneas verticales y horizontales de tiempo y espacio con nubes teóricas para asaltarla desde distintos conceptos como territorio, barrio, territorialidad, imaginario, ágora, etc., y desde una mirada propia, síntesis de las miradas de muchos y de un recorrido extenso mirando y preguntando.

Me impresiona ese afán de cubrirlo todo, de dar cuenta de todo, de comprender la ciudad, describirla y analizar su forma de ser. El libro es testimonio de una laboriosidad impresionante, al punto que como lector se siente la inmensidad de la ciudad, la imposibilidad de asirla, y a la vez la obsesión de la autora por asirla. Por suerte esta obsesión proviene de una santiaguina fascinada con su ciudad, como ante una obra que se presenta en un escenario circular de 360 grados en que las cortinas nunca terminan de abrirse. Fascinación que proviene de la experiencia de la sorpresa ante mundos desconocidos y diversos entre los cuales se desenvuelve, un mundo de desconocidos y al mismo tiempo compañeros de territorio. Porque la ciudad es eso, un gran espacio en permanente flujo de acompañantes desconocidos, que habitamos para comprenderla para lo cual tenemos el tiempo de nuestras vidas.

Pero el libro es más, es un deseo de ciudad. Un lector común, como yo, también santiaguino, se siente, a cada página, estimulado a convocar sus propias imágenes de la ciudad, y a pensarla. Imágenes de sus propios recuerdos y también imágenes de testimonios documentales de otros como los que cuenta Ángel Parra en su libro Violeta se fue a los cielos, de todos los movimientos de Violeta en la ciudad, de todas las casas que ocupó, de todos los barrios que animó. Como la ciudad que habitó Volodia Teitelboim y que cuenta en Un muchacho del siglo XX. Y como lo que cuenta Fernando Villagrán de los movimientos públicos y clandestinos de Víctor Díaz, en su libro En el nombre del Padre. O Jodorowski, en La danza de la realidad. Todas imágenes de otro Santiago, de comienzos del Siglo XX, que nos resuena como una ciudad mucho más amable que la de hoy. Ahí están también las imágenes de Tres Tristes Tigres, esa película tan santiaguina de Ruiz.

Fotograma de «Tres tristes tigres» (Ruiz, 1968).

Fotograma de «Tres tristes tigres» (Ruiz, 1968).

Relatos de una ciudad trizada es un libro en constante movimiento y tensión entre aceptar y querer la ciudad como es o detestarla y querer otra, la que no existe, la que se desea. Lo dramático que está presente en cada página es que el deseo de otra ciudad no es un deseo realizable, pues su realización no está en mover piezas, no está en movimientos de ajedrez urbano, sino, como lo dice el libro, en el logro de una verdadera y profunda democracia que se nos aleja cada vez más y más. Lo dramático es también que la ciudad funciona como un espejo que nos devuelve a cada momento la imagen de lo que somos. Una ciudad profundamente desigual, profundamente no solidaria, exactamente expresiva de la realidad de abuso y opresión, categóricamente agresiva en la expresividad del egoísmo social. En ese sentido es un libro lleno de dolor, y al mismo tiempo brillante en su capacidad de revelar las formas fragmentadas del habitar y de contar la ciudad como un cuerpo desmembrado, sufriente, que alguna vez pudo ser feliz.

Ahí están los relatos sabrosos de La Chimba, de Villa Portales, Torres de Tajamar, la San Gregorio, Villa La Reina, como si hubiera desde ahí esperanza de ciudad armónica. «A pesar de sus fragmentos, la ciudad porfía en mantenerse como un todo», dice la autora.

A pesar de los pesares la ciudad vive, en cada fragmento de sus fragmentos. Respira, se mueve, fluye, se divierte, duele. ¿pero quién se duele? ¿quién piensa la ciudad? ¿A quién le importa la ciudad? A Francisca Márquez. Pero, ¿a quién más?

La ciudad se niega, es negada como ciudad, a cada momento y en todo lugar. En la construcción de un edificio, nunca pensado como parte de la ciudad sino para protegerse de ella, en una autopista, para arrancar de ella y llegar rápidamente al aeropuerto y partir, porque eso es verdad, al aeropuerto se llega muy rápidamente. En cada micro que circula por calles y avenidas con la sonajera de sus carrocerías llevando esos cuerpos cansados, vencidos y durmientes.

«¿Saben lo que pienso? Que este sistema es una mierda». dice Lalo Meneses, habitante de Cerro Navia en las páginas finales.

Por suerte Francisca Márquez ha escrito este libro. Es evidente que ella quiere a su ciudad y eso se nota. Empujados por ese estímulo de Francisca, al leerlo nos forzamos a imaginar la ciudad deseada, la que se niega cada día, como nunca deja de imaginar su libertad un condenado a prisión perpetua. Pero ahí está la cordillera que nos ha visto desde siempre, como una madre silenciosa que lo sabe todo.

Aún tenemos Cordillera, ciudadanos. Aún hay belleza alrededor. Propongo, porque a eso llama este libro, a proponer, propongo saber nombrar e identificar todos los cerros que tenemos al frente: Cerro el Plomo, Cerro San Ramón, Cerro Provincia, Cerro Punta Damas, Cerro La Cruz, y de a poco ir bajando la vista e ir imaginando la ciudad deseada. Propongo proponer esto a los 6 millones de ciudadanos citadinos santiaguinos, a hacer esto al unísono, en la Plaza Italia, cualquier domingo de estos.