20/09/2017

Expediente II: Los Voluntarios

Carlos Monsiváis

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El 19 de septiembre salen a flote algunas de las debilidades orgánicas del gobierno, entre ellas y destacadamente su incapacidad de previsión. De cualquier modo, la intensidad del sismo es tan desmedida que el viernes 20 de septiembre, el licenciado Miguel de la Madrid se autocrítica y lo reconoce en su mensaje por televisión: «La verdad es que frente a un terremoto de esta magnitud, no contamos con los elementos suficientes para afrontar el siniestro con rapidez, con suficiencia».

A las diez de la mañana del 19, el Presidente hace un llamado al pueblo de México «para que todos hagan lo que tienen que hacer, que cuiden sus intereses y auxilien a sus semejantes. Que todos vayan a sus casas». Ese día y el siguiente altos funcionarios y locutores de radio y televisión lo repiten cada cinco minutos: «No salgan de sus casas, quédense allí, ¿a qué van a los sitios del desastre? No contribuyan a la confusión. No se muevan». En vez de hacer caso y recluirse, la gente interviene subsanando las limitaciones gubernamentales y, en tareas de hormiga, aprovisiona albergues, organiza la ayuda, recompone hasta donde se puede la fluidez citadina. Esto salva vidas, compensa psicológicamente a la población y le facilita a los habitantes del DF entender los alcances del terremoto. De otra manera, se hubiese dependido en lo fundamental –en un país donde se lee tan poco– de las perversiones del rumor y de las argucias de la información televisiva.

Del jueves 19 al domingo 22, lo más vivo en la capital es el nuevo protagonista, las multitudes forzadas a actuar por su cuenta, la autogestión que suple a una burocracia pasmada o sobrepasada. Al ritmo impuesto por la tragedia, una sociedad inexistente o pospuesta se conforma de golpe: son las brigadas de voluntarios, los niños que acarrean piedras con disciplina rígida, los adolescentes en pleno «estreno de ciudadanía», las enfermeras espontáneas, los grupos católicos y protestantes, las señoras que preparan comida y hierven agua, los médicos que ofrecen sus servicios de un lado a otro, los ingenieros que integran brigadas de peritaje…

El reordenamiento social es inesperado. Los vecinos acordonan los sitios en ruinas y las amas de casa preparan comida, pero son los jóvenes quienes llevan el peso de la acción, obreros y jóvenes de la UNAM, aprendices y estudiantes de la Universidad Anáhuac, desempleados y preparatorianos, chavos-banda y adolescentes de los Colegios de Ciencias y Humanidades, de las vocacionales, de las escuelas técnicas. Ellos dirigen el tránsito, aprovechan las instalaciones del CREA, improvisan refugios y albergues, toman medidas contra los saqueos, consiguen víveres en donde pueden, aguardan en el aeropuerto la ayuda del exterior, crean redes de búsqueda de los desaparecidos. Han crecido encajonados por el consumismo, la inhabilitación ciudadana, los reduccionismos ideológicos que ven en la juventud un campo de la banalidad. Se les ofrece de pronto una elección moral y la asumen, una oportunidad organizativa y la aprovechan. No se consideran héroes, pero se sienten incorporados al heroísmo de la tribu, del barrio, de la banda, del grupo espontáneamente formado, de la ciudad distinta.

Al hacer de la «desobediencia civil» el motor de la acción, las decenas de miles de voluntarios algo y mucho expresan a lo largo de días y noches en vela: la solidaridad es también urgencia de participación en los asuntos de todos. Lo primero es jerarquizar el miedo entre las sensaciones de su nueva conciencia laboral, abrazar difuntos a lo largo de los corredores que conducen a la salida, juntar brazos y piernas desperdigados, ver morir a quienes ya nadie puede auxiliar, oír historias estremecedoras y asimilarlas desde la compasión y la ayuda activa. El voluntario pertenece a su grupo o brigada, desde el casco y la banda que lo identifica, desde la indiferencia ante el cansancio y el sueño.

A conseguirse marros, palos, barretas, palas, «patas de cabra», zapapicos. Con uñas y dedos se cavan hoyos por donde sólo pasa un cuerpo. Los gritos se repiten en las zonas afectadas: «¡Aguanten! ¡Vamos por ustedes!» «¡Levanten! ¡Jalen! ¡Por acá!» Se llega a los lugares como se puede, sin recursos, sin conocer los métodos de salvamento, y mucho se resuelve sobre la marcha, y mucho no se resuelve jamás. ¿Qué hace falta en este edificio? Cuerdas, cinceles, palas, cubetas, gatos hidráulicos, linternas, martillos de carpintero, desarmadores. Hay que ver en la oscuridad. Consíganse tapabocas en las farmacias, empápense en vinagre paliacates. Una prevención constante: «No prendan cerillos, no fumen». Se instalan por doquier puestos de socorro, y allí las enfermeras improvisadas se convierten en psicólogas.

El trabajo es incesante, entre órdenes y contraórdenes, solicitaciones («un voluntario delgadito por aquí»), pleitos con los soldados que vigilan los cordones, diálogos con los familiares que esperan sin moverse días enteros. Si en algunos sitios se combate por extraer los «cuerpos negociables» (algunas familias ofrecen medio millón o un millón de pesos por el ser querido, vivo o muerto), en casi todas partes lo evidente es el desinterés, la capacidad de sacrificio. Las jóvenes aprenden a limpiar heridos, y a inyectar, reparten medicinas, guisan, escalan las montañas de cascajo y vidrios rotos. Se trabaja entre fetidez y silencio. Los testimonios confiados a la prensa son reiterativos: – Cuando vi a tantos como yo, sentí orgullo de ser mexicano. – Estamos en la nueva vida. Salimos de la segunda placenta. – Al oír la radio, me angustié y salí de mi casa. Quise ayudar. No importaba en qué, pero tenía que hacerlo. – Los jóvenes podemos ser tan responsables como los adultos. Esto servirá para que no repitan la imagen de las drogas y el alcohol. Removí escombros. Acomodé víveres. Hice lo que se necesitaba. Ahí me di cuenta de que los jóvenes somos una fuerza muy importante.

La idea de la hazaña de una generación entera, sostiene el impulso y neutraliza la fatiga, los días sin dormir alimentados tan sólo con tortas y refrescos. Y la conciencia de la fuerza posible se entrevera con la presencia ubicua de la escasez. Ellos trabajan con palas, fierros viejos, lo que sea. Los extranjeros acuden con sus equipos de perros amaestrados, ultrasonido, monitores para el rastreo, ojos electrónicos.

Pero los voluntarios son muchos y esto es en sí mismo incentivos y justificación. Ya el 20 de septiembre hay en la calle cerca de 150 mil brigadistas entre los quince y los veinticinco años. Sólo en la delegación Cuauhtémoc se registran 2.500 brigadas. La primera intervención de estos jóvenes en la vida nacional es a golpes de pala y pico.

Voluntarios ayudando en las ruinas del terremoto de 1985. Fotografía de Andrés Garay.

Voluntarios ayudando en las ruinas del terremoto de 1985. Fotografía de Andrés Garay.

Fotografía de Sergio Dorantes.

Fotografía de Sergio Dorantes.

Fotografía de Pedro Valtierra / Cuadroscuro

Fotografía de Pedro Valtierra / Cuadroscuro

 

* Crónica. Extracto de «No sin nosotros: Los días del terremoto 1985-2005». Ediciones Era, México.